
he aquí que o veo fantasmas o veo la luz sentada etérea en un aura de misterio sí en el sofá del fondo de flores grises y fondo blanco. se me antoja que alguien se sienta algo alejado o alejada de mí, pero que me observa. No siento pánico, al contrario me siento acompañada y quizá un poco loca. Estoy segura que lo que no somos nosotros el supuesto vacío está lleno de espíritu y por sus pasillos se pasean en la veranda del olvido aquello que fuimos o seremos.
Me gusta imaginar que la luz toma asiento en el sofá, que se acuna como una niña entre el cojín del sofá y se acurruca, amodorrada, a lo yo mismo.
Es lo más cerca que puedo estar de lo infinito, del otro lado, del no ya abismo sino eternidad en la soledad de la estampa.
Pero no me digan que no hay algo, algo de mágico en ella, porque me revientan el cuento, entre otras cosas, y porque, donde otros ven un sofá yo veo la luz recostada en él y jugando quizá con las verdes hojas de la planta que se asoma a la ventana, altanera y a la que le falta un riego o dos.
Así son las tardes , verdes altaneras como si compartieras chocolate en un escaparate en el que la gente pasea y se te queda mirando pasmada porque comes chocolate con churros tan pancha.
Qué años aquellos en los que íbamos de procesiones ¿recuerdas? aún te busco por las calles de Manhattan yo quien nunca ha cruzado el charco, aún te busco en la madeja alborotada de mis pensamientos y es en la postrera hora de mis ancianos padres que te echo de menos y pienso cuánto les echaré a ellos de menos.
Entonces ni se enciende ni se apaga la luz, todo suena a sirena de hospital y a luz iluminada de sala de operaciones, a voz sentada en una sala de espera, a médicos y medicinas, a suero y aspirina, pero habéis sufrido tanto, padres que merecéis un descanso cuando Dios mande.
Hasta ese momento , cuando la postrera hora llegue me seguiré imaginando que el vacío esté lleno, lleno de todo.

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