Me han arrancado la vida, han silenciado mi sonrisa, me han matado viva. Me han prohibido hasta escribir, pero aquí me mantengo, con un alma y un destrozo soso que por no molestar ni grita.
Nadie me ha dado una segunda oportunidad, la vida sí lo demás no son sino proyectos hundidos en mentiras que me cuento.
Y justo cuando todo anda muerto o casi se me ocurre un huerto. Un huerto en el que planto mis ansias por ser alguien. En sus raíces se rizan las rifas de años haciéndome la loca. No puedo más. A este huerto existencial le falta el ingrediente que me niegan: mi vocación. Nací para ayudar y nadie me ayuda. Ahora lo llaman delirios cuando son delitos. Delito es dejarme por imposible, negarme la oportunidad de serme porque muchos, todos piensan que estoy loca. Lejos de o quizá muy cerca de esta locura sé que anda mi cura. Y no es otra sino seguir mi vocación o mi voz. A esta loca le han quitado la voz y le dan altavoz de llantos y melodramas de mentiras. El hecho es que voy a dar una oportunidad a mi sueño de estudiar psicología. Voy a dejar la torre de Babel en la que me encuentro y voy a prepararme para ser guía no ya de la vida, sino de mi vocación. A ser guía de mí misma, atreverme a no conformarme. Porque jamás me conformé. Yo no necesito un tranxilium, necesito tiempo. Ese tiempo que invertí en curarme lo devolveré con creces. Y déjaos de sandeces.

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