20 dias en Mariúpol

20 días en Mariúpol

He pasado una hora y media, casi dos en el cine viendo esta crudelísima realidad de la guerra. Y es que toda guerra es una cruel y espantosa realidad. Como cuando uno vive en el infierno o algo así, algo parecido he experimentado.

La frase que da comienzo al documental, toda guerra empieza con un silencio, añadiría yo que continúa en un estrepitoso silencio ajeno o un no querer ve ro incluso negar la realidad y acaba en silencio. EL silencio de cadáveres enterrados en una fosa común.

Otra palabra me ha sorprendido: basura ¿cómo llegamos hasta el punto de tratarnos a nosotros mismos como escoria o basura humana?

Odio, otra palabra repetida, el odio se palpaba hasta en el enfado de las víctimas me atrevería a decir, se respira odio pues la trama de toda guerra es un odio enraizado, lejos de disputas territoriales, de la tan ansiada Crimea, cerca de la sitiada Mariúpol.

Un médico decía que la guerra es como una radiografía saca las vísceras humanas al descubierto pero quizá sea una especie de radiografía de Inteligencia Tontamente Artificial que trasparenta y hace ver la vergüenza humana, me sorprendía que taparan las partes del sexo de los hombres y mujeres moribundos, la muerte es la desnudez de toda alma decrépita y vaciada en el odio que hace todo añicos.

Sorprendentemente este equipo de prensa estaba en la séptima planta de un hospital;  yo una vez estuve en una séptima planta de un hospital, pero esto es muy distinto, esto no tiene remedio ni tratamiento ni hay por dónde cogerlo.

El odio, la incomprensión , el surrealismo de la desconexión no sólo de internet sino del mundo exterior es tan brutal que se preguntan ¿por qué? Quizá , ver una mujer abrazada a un niño gritando ¿por qué? Es lo más cruento que he visto en mi vida.

Dicen que en las guerras los buenos sacan lo mejor de sí mismos y los malos lo peor, pero quizá no haya nada bueno en una guerra atroz, encomendada al vacío que las sirenas rompían en estallidos.

Me ha llamado poderosamente la atención la muerte de tres niños: Evangelina, Ilya y Kyril. Evangelina , la primera niña que veo morir en una guerra. He visto niños comidos literalmente por las moscas en África, pero jamás había visto un cuerpo inerte de una niña en una camilla. Sobrecogedor.

Ilya ha sido la segunda víctima y Kyril jugaba con sus amigos al fútbol cuando un proyectil le reventó. Su padre, amarrado a él lloraba, su llanto era desolador y me recuerda que yo perderé a mis padres de forma natural si Dios quiere pero espero que ellos jamás me pierdan a mi o viceversa tampoco.

Natasha gritaba a los ladrones de su almacén y todos parecían entrar en guerra con todos. Ni corredor de salvación ni nada eso era un campo minado de odio, destrucción y los sentimientos más bajos éticamente hablando que una persona puede sentir o contemplar bullían.

En la morgue del hospital se amontonan los cadáveres y en especial el de un bebé con una estampa ortodoxa  a su lado.

Y por otra parte nacía otro bebé, mientras la matrona lo protegía de las ondas expansivas de las bombas.

Todo me ha parecido una pesadilla, qué una pesadilla una cruda realidad y para colmo dicen que son testimonios manipulados, fotografías de montaje.

Con perdón hay que joderse.

Esos periodistas se han jugado la vida.

La muerte siempre estremece y sorprende pero estas muertes colectivas por llamar de alguna forma  a una guerra son aberrantes.

He sentido pánico al ver las escenas, mientras rezaba casi para que la imagen siguiente no fuera peor, lo era, y quizá de eso se trate, de darnos cuenta de la barbarie en imágenes de la guerra.

Soy pacifista y pacífica por naturaleza y convicción pero ver estas 20 horas en Mariúpol se me ha hecho eterno. Una eternidad  de un sufrimiento que no acababa sino que iba  a peor.

Y al menos tiene sí un Oscar y no sé qué premio Bafta, pero ese edificio se hundía mientras la hija gritaba ¡papá!

20 días en Mariúpol ha sido el atragantamiento del mundo. La guerra es gris , todo era gris, hasta el cielo, el suelo, la gente. Pero no un gris de esos señores trajeados que describía Momo de Michael Ende sino un gris famélico, fantasmagórico tan ajeno y cercano que escuchaba los llantos de la chica de atrás conmovida por tanta desgracia. Yo me ocupaba de rezar para que todo acabara, pero desafortunadamente, todo sigue y no en una pantalla de cine sino en la cruenta realidad, en el día  a día de muchos gazatíes , israelíes, iraníes o ucranianos.

Y he salido a dar una vuelta, necesitaba arrancar de mi cabeza esas imágenes, esos sonidos sordos, para darme cuenta que hablamos de tonterías que la guerra debe parar y si acaso jamás llegar  a desencadenarse.

LA OTAN no ha hecho nada, Zelenski no ha podido hacer nada y Putin, Putin ni siquiera está loco, ni los locos declaran una guerra, Putin es un desalmado líder ni político sino un personaje o no sé cómo calificarlo algo frío y calculador. Y mentiroso. Toda guerra encierra una mentira y millones de verdades.

Dios guarde a tantas víctimas en hoyos, en morgues o en cualquier suelo dando su cara contra la dura piedra , abandonados.

El sentimiento de abandono, de soledad, de sálvese quien pueda ha sido realmente aterrador ni a Hitchcock se le hubiera pasado por la cabeza esto.

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