No me jacto de mi locura, ningún loco lo hace ni mucho menos aquellos que se tienen por cuerdos. Me enerva que un descuido de una noche, o mejor de un despertar que no es despertar sino una ingravidez de camastro al que me ato de vez en cuando por las cuerdas de una depresión acuciante, me lleven a un día, tarde y noche desordenados, me enerva. Odio cuando a mi cama le salen esos tentáculos que me atrapan entre un colchón estúpido que soporta mi peso y una sábana ajada que seca mis lágrimas. Sé que no tengo razón para el llanto, o sí.
Mis padres avejentan a pasos qué pasos a un ritmo agigantado, a penas pueden ya dar un paso pues los dolores acucian y los achaques se hacen inevitables.
Me gusta la vejez y no porque sea un poco vieja yo misma, sino porque los sentimientos afloran cual árbol que quiere dejar fruto, o como hojas secas que caen igual que las lágrimas se deslizan en un grito deseperado ¡¿qué será,será?!
Pues sencillamente que sea lo que Dios quiera.
Yo no me preparo para nada y mucho menos para la falta de mis padres porque ellos jamás se irán. Sé que permanecerán en mi, como lo han hecho durante tanto tiempo. Pero no es tan bonito como lo pinto, he sufrido, lo confieso, y sufro.
De alguna forma sé que siempre el maldito tiempo corre en mi desventaja, pero ya no me importa, lo acepto.
He sufrido y sufro porque ver cómo tu madre distrae su mirada en una cama de hospital es desagradable, porque mi padre necesita un carruaje para andar.
Siempre me ha gustado pasear con mi padre, ese paso lento, lentísimo que me hace aminorar mi rapidez innecesaria. Reírse hasta del paso del tiempo con carruajes , con bastones, con lo que sea.
Quizá tampoco sea la clave reírse, pero sí evitarles un sufrimiento que no sé ni cómo hacerlo.
Mi madre volvió a casa de su ingreso pero algo ha cambiado. Está inquieta, y no sé cómo calmarla, cómo decirle que esté o no, no me pasará nada , pues para mi que soy tan loca que los muertos viven en mí, sé que pasará de todo, que las lágrimas aflorarán y querré morirme yo misma, pero devuelta a la cordura desearé la paz de mis padres y la mía propia de paso, que una de loca hasta egoísta.
La vejez de mis padres consiste en intentar su tranquilidad, en todo momento, aunque sé que les enervo más, mi sola presencia lo hace. Sé que nada es fácil que no será un me voy y adiós alé os quedáis ahí. No. Las cosas no son tan sencillas, por eso sufro, pues no quiero que mis padres sufran y me lo notan claro.
Pero el sufrimiento a veces hasta lo inventamos, como esos tentáculos que me atrapan a la cama, espero que todo no sea sencillo sino a caso más sencillo.
La vejez es esa época en la que de pensar,en nada, te duermes o de pensar tanto , te inquietas, se junta todo.
La vejez no es ni fea ni bonita, es; y al lado de mis avejentados padres es un placer vivir hasta lo más horrible de sus bonitas etapas.
Ojalá sea una paz continua mi presencia, ojalá cuando no estén, vivan en mí.

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