cuánta necesidad en mi escribir, cuánto desinterés en ser escritora o poeta, nunca me gustó la palabra poetisa ni soñé jamás que necesitara escribir como respirar o gozar de un cigarrillo, qué forma tan hermosa de atinar a escribir todo diciendo nada, quiero ser no ya una palabra ni siquiera añicos de mi soledad, quiero serme sin ser en ti, escribir sin lector alguno, que es lo que afortunadamente me sucede. No tengo a penas lectores o eso creo, pero cómo me gusta teclear en este teclado palabras que van a ningún lado. Vomito sentimientos que se me atoraron en la incertidumbre de la expresión anodina de una inquietud, de una ansiedad que me devora.
Pero tengo hambre aún así, hambre de saber y expresar , de sentir y expresar mas lo último que lo anterior pues no soy resabida ni sabia, sino una estúpida que siente como una demente.
No busco la fama por supuesto, así que jamás la hallaré y me place, soy una escritora frustrada, lo supe desde que en mi infancia acariciara las teclas de la máquina de escribir, soñando que escribía o leyendo a Gloria Fuertes, escuchando a Jesús Quintero y Antonio Gala. Soy esa loca de la colina que la gitana de la Alhambra sentenció y en esta vida apasionada , siento con no menos pasión cada latido de mi corazón. Un corazón enfermo porque todos los corazones nacen enfermos sólo la mente los remata de locura, y el alma los ensalza hacia la felicidad.
Quiero ser jardinera, hortelana, quiero ser sembradora de palabras que evoquen un todo al mismo tiempo que vomito mi esencia. Porque no es que quiera servir para algo, sino que deseo ser alguien, yo misma.
Deseo la felicidad de no preguntarme nada respondiéndome todo, ante esta centella celestial que se me representa infinita, o ínfima, según se mire en mi pura contradicción. Soy una palabra no dicha, un escrito borrado, un papel mojado, pero soy, y me gusta. Me gusta serme, porque es lo único que puedo ser. Y ser contigo que me lees para no florearte una poesía bella y decorosa sino que más bien pisoteo palabras manidas en bocas ajenas , y te siento.
Siento que cuando una lágrima, cada vez son menos, resbala postrera en mis mejillas redondas, o cuando la risa vergonzosa de mi sonrisa evasiva se presentan en su más dura crudeza, es cuando más soy. Porque soy sin ser siendo o no siendo soy, pura contradicción. Así lo escribí pues venía escrito en mis genes y si algo siento es no haber podido conocer al artífice de mi locura, soy él, y me hubiera encantado. Porque sin conocerlo le echo de menos y conociendo la febril enfermedad me lamento de su triste fortuna, y enorgullezco de su bella figura.
Jamás te dediqué una frase, mas ahora tengo la necesidad de dedicar mi vida a no ya vengar tu amarga muerte, sino a aceptar el perdonado destino, según se presente. Porque la buena gente disculpa, los excelsos perdonan. Tampoco es que busque la perfección sino que busco tan sólo el perdón, en forma de alivio eterno de quienes contribuyeron a tu malestar, vean en mi la encarnación de una locura que no se cura, ni se trata, se sobrelleva, se afina o desafina según el certero tratamiento de una locura indómita, y creo en Dios.
Y me alivia como escribir, de otra forma menos física, más espiritual y vivo por no morir y vivo muriendo tras cada segundo robado al tiempo. Mi forma de plasmar la eternidad, escribir.
Vengadora o , mejor, suscitadora de un perdón que nadie pide ni remite, si a caso se intuye penitente en cada momento robado a ese tiempo filtrado en la escueta boca del arenoso cristal.
Loca, sin cura, las pastillas ni curan ni tratan, tan solo el tiempo alivia, y ya me siento aliviada. Aliviada de ese frenesí que se transformó en loco y pálido desliz, que me ataron, me inyectaron, pero no existe inyección que reconduzca la locura, sólo el escribir alivia esta desazón de no morir y cual cópula permanecer en la eternidad de la nada, pues nada ni nadie permanece, si a caso este alma mía que cambió amores no ya por licores sino por un juramento de verdadera entrega.
Y, como todos, no quiero morir, sino renacer en ti, ¡qué egoístas somos! no siquiera sabemos desaparecer en nosotros mismos, o al menos me sucede a mí.
No hemos inventado la resurrección, yo aún creo en mi alma o en el alma, quizá desaparezca con tanta inteligencia artificial y tanto neurocientífico adelantado a su tiempo pero ¡demonios! déjenme creer en el alma.

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