Gato

Se adivina una forma gatuna, en las ventanas que dan a la calle, calla el tiempo, en silencio, las ganas de maullar se combaten con dosis de soledad. El gato ni si quiera ronronea, está atisbando el futuro con sus verdes brillantes ojos gatunos. Y duele, duele el tiempo que pasa celosamente, lentamente, pasa cual tortuga sin ventaja, pero sus efectos se ven al instante, en el canoso cabello del padre. El otro gato es gigante, pero lejos de una bestia , su delicadeza de gato, le acompaña todo el rato. Los dos gatos se llevan bien, sólo que provienen de distintos lugares, uno de un criadero y otro de la perrera, aunque juntos son como una sinfonía brillante de pelaje lamido y relamido al sol.

Y los días pasan y las noches se esfuman, como un segundo robado al reloj, tengo deseos de parar, parar en el mismo instante en que todo debe continuar.

El trabajo, ahora controlado por un cronómetro, se me hace pesado no por ello dejo de sentir una agilidad escritora que me sostiene y me previene. Me sostiene de la nada encarnada de vacuidad insana, y me previene de la ociosidad que ostentara con pereza y languidez.

Ya nada es blanco y negro como el pelaje gatuno, es más bien de un gris perla, o de un estribillo de colores con estela. Una estela que va dejando su huella en las canas del padre, en mis propias ojeras.

Ya no quiero salir a bailar, no quiero relacionarme con nadie, quiero, deseo, ansío sentir la presencia del gato en su cojín recostado y adivinar el futuro o jugar a arañar segundos al reloj del tiempo.

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