El nacarado tren sonriente

El nacarado tren sonriente

Estaba en clase de física, y el profesor intentaba desarrollar la teoría del movimiento situando un tren y su movimiento respecto a un objeto ya fuera en movimiento a su vez, o parado. En mi cabeza un tren, qué un tren, el tren de la vida pasaba sin casi apercibirme. Me distraje como un viajero del tren que mira cualquier paisaje o no cualquiera sino el paisaje, mi vista se paró en un árbol, un cerezo en flor que bullía de flores. Yo recé casi porque mi vida intelectual fuera tan frondosa o hermosa o sencillamente florida como ese árbol, aún así no atendía la lección de física del movimiento, mi mente se había distraído.

¡Cuánto tiempo soñé con que las ramas de aquel árbol eran ramificaciones de mi pensamiento! Mi pensamiento por aquellos días era uno: éxito académico, pero el tren de la vida viró, cambió de dirección y nadie me avisó, no había ningún revisor por las cercanías, que debía prepararme para el descarrilamiento.

Tal descarrile sucedió repentinamente, como sucede todo lo malo, pero, aún así, recuerdo aquel árbol y mi florido deseo de florecer. Florecí pero a destiempo, el cerezo de mi vía ferroviaria había caído sin remedio encima del tren y sus vagones lo movían de un lado para otro, o así me sentía.

Mi cabeza bullía de un lado para otro, pero no con un rítmico traqueteo del tren, sino más bien como un trenecito de esos de las barracas o atracciones que suelen traer anualmente a la ciudad. Era mi cabeza como el tren del terror, o de la bruja que daba escobazos cunado menos lo esperabas, y el susto era frenético algo que te hacia saltar de tu asiento, sobresaltada por el golpe.

Jamás imaginé que el escobazo era algo personal, algo que la vida me refería, me dirigía a mi y no era yo maquinista de mi tren, alguien, o quizá nadie que es peor, había tomado las riendas. Asustada iba de vagón en vagón, saltaba de lugar en lugar, después de salir al exterior y saltar la cadena que unía los vagones. El trayecto era peligroso, pues algunas cadenas concatenadas tenían aún grasa fresca, y a punto estuve de caer un par de veces, sin embargo cuando menos lo esperaba una mano invisible a la vista que no al tacto me empujó a la parte superior de los vagones, en el mismo techo de cada uno de ellos, en su exterior, el frío congelaba las narices, y entonces pasábamos por un terreno helado o eso me pareció, la velocidad era extrema.

El tren, que en resumen era mi vida, descarriló, entre el hielo que encontró por el camino, un hielo frío y ajeno casi, al calor de cualquier ser humano, hizo que medio tren volcara hacia la derecha. No sé porqué me fijé en la dirección en que se torcía, mi derecho estaba torcido más que nunca, y esta vez no había vuelta atrás. Durante un tiempo me quedé aturdida, no sabía qué hacer, yo era el maquinista del tren, yo era conductor de diez vagones que descarrilaron, exactamente los cinco últimos se cayeron de culo.

Mi primera reacción fue tomar impulso para que todo se reajustara, así que en un acto casi reflejo eché todo el combustible que tenía acumulado. Pareció funcionar mi mecanismo de reacción, ante el empujón que sufrieron los últimos vagones, liderados por la vertiginosa velocidad de los primeros, todo parecía volver a su sitio. Sin darme cuenta que los raíles estaban helados, así que mi tren se deslizaba sobre el hielo. Volvió a descarrilar, esto requería una obra de ingeniería o de un detalle inusual.

Así que poco a poco raíl tras raíl fui colocando cada rueda en su lugar, con las manos cubiertas por sendos guantes que me protegían del frío helador.

Lejos quedaba el cerezo en flor y mi ambición de paisajes calurosos o primaverales, todo era nieve y hielo a mi alrededor. Quería llorar, sólo deseaba llorar mi tragedia, pero carecía de tiempo, ya habría tiempo después para berrear.

Cadena tras cadena uní los vagones con una paciencia milimétrica , quité el hielo de los raíles con una pala que encontré en la sala de máquinas, al menos, pensé o quise consolarme, mis vagones iban vacíos. Pues se dirigían en ese momento a recoger la carga de ideas que me esperaba, alguna idea había pero las pocas que hubo, desaparecieron entre el hielo y los bosques helados.

Se escuchaba en la lejanía el aullar de lobos, y un escalofrío recorría mi espalda, sabía que los lobos se alimentaban solamente de ideas , no de personas, pero que no es una persona sino un cúmulo de ideas.

Eso pensaba por aquel entonces.

Más tarde aprendí que la emoción también formaba parte de mis vagones y que concatenaba los mismos. La ausencia o la concentración extrema de grasa no eran sino sentimientos sentidos en escasez o demasía respectivamente.

Amanecía en el helador paisaje , los témpanos de hielo pegados a las ventanas de los vagones comenzaban a caer como muros helados. Al chocar contra el suelo, el ruido era ensordecedor, pero me acostumbré, el dolor es una vía, el sufrimiento una dirección. Cambié hacia la dirección de la alegría y por fin atisbé algo de sol en la lontananza. Con el cielo raso, vería hasta mejor y podía hacer mejor mi esmerado trabajo, engarzar vagón con vagón y levantar cada uno con una grúa situándolo en la vía previamente despojada de hielo con la pala.

Diez días después de mi ingente obra, diez días en los que no paraba para nada, casi ni para ir al baño, logré encarrilar los vagones, a día por vagón, o vagón por día.

Por fin el tren había echado raíces en los raíles , y podía o eso pensaba, arrancarlo. Me costó otros diez días conseguir combustible, pero logré que me surtieran del preciado carbón, que para mi no era sino una negruzca piedra.

Pero esa piedra encendía la máquina, el motor, y todo iba sobre ruedas nunca mejor dicho.

Es decir veinte días después del accidente volvía  a situarme al mando de mi tren, ese tren que me había costado toda una vida construir, sus vagones, ideas sentimientos, sensaciones, pálpitos, impresiones, eran sus peculiares pasajeros.

Pedí tranquilidad a todos, y por fin todos se acomodaron.

Anuncié por los altavoces que tendríamos una hora de descanso antes de salir a nuestro nuevo destino.

Esa  hora la aproveché para llorar, lloré como nunca lo había hecho, de una forma sobrenatural si es que se puede llorar así. Los hipidos cortaban mi respiración acelerada y un vómito de bilis salió de mi garganta.

Decidí entonces tranquilizarme, o lo decidió el momento, porque yo era incapaz de decidir nada, ante mí, había mil mapas, expandidos en la cabina del maquinista. Una vez escuché a alguien decir que de escoger un camino, entre el fácil y el difícil, había que escoger el más difícil. Yo no estaba en ese momento para decidir, decidir siempre se me dio fatal, porque temía dejarme algo en la otra vía, perderme algo al virar la dirección. Pero sabía que una vez cambiada la dirección, no había marcha atrás.

Tenía muchos recorridos, los recorridos de mi propia vida.

Con los sentimientos a flor de piel engrasé las cadenas después de haber llorado un llanto derramado y sin consuelo. Pero la fe, que está en el primero de mis vagones, la fe en mi misma y por qué no decirlo, la fe en Dios, mis creencias, mis valores, que también poblaban los vagones del tren vinieron a hacerme una visita. La visita fue corta pero suficiente para darme cuenta de que yo podía conducir mi tren. El caso es que había cogido miedo, qué miedo, terror a conducir, pero escuchaba, como esa vez que una mano me levantó de la caída y me llevó al techo exterior de los vagones, escuchaba una vocecilla que no era sino mi primer pasajero dándome ánimos, mi fe.

Ya repuesta del llanto vomitivo, del dolor elegí no sufrir, pues una puede sentir un dolor momentáneo mas no elegir el camino del sufrimiento, ese mapa no cabía en mi ruta.

Yo prefería ir por senderos no ya en gloria, tampoco era lo mío, soy demasiado sencilla para la gloria, así que seleccioné el mapa más pragmático y difícil de todos: conducir el tren de mi vida lleno de mis valores hacia mi libertad y el amor. Sí elegí el camino del amor, del Amor con mayúsculas , el camino del perdón hacia mí misma, hacia mis errores y del Amor hacia mi misma y a los demás, pues en el fondo, mi tren y su maquinista, es decir yo misma son únicos.

Seleccioné el camino de los sueños, del Amor, del respeto, de la empatía, de la amistad y de la verdad, elegí ser honesta conmigo misma. Sabía que el mapa del Amor sería complicado, pues en un paisaje en el que los odios, las guerras y los conflictos abundan, mi tren del Amor provocaría cuando menos cierta envidia en los demás trenes o al menos al pasar por mi colorado tren sentirían sin más ganas de estamparse contra él.

Lo sabía y era consciente del peligro, aún sí, como la cruz de Dios, elegí mi cruz, mis vagones llené , insuflé de un amor humano y sobrehumano, y pasada esa hora en la que fui consciente de lo sucedido, comencé a tocar la campana:

¡Pasajeros al tren!

Gritaba sin demora, pues el tiempo, era algo principal en los horarios que había que cumplir para evitar colisionar con otros trenes, pues mi tren acababa donde empezaba el tren del vecino, el del otro. Como debe ser.

Desplegué el mapa de la ruta del Amor, y cuando contemplé las vías por las que debía pasar, me asombró: primero el descenso del perdón, hacia mí misma y hacia los demás, en segundo lugar daría paso al valle de la paz interior, un valle de flores amarillas y tranquilas, para recorrer el valle de la soledad, ese era mi temor, estaba sola, sola ante el peligro, pero mi fe hacía que sintiera la compañía de mis antepasados, y de Dios mismo.

Descendimos, hacia la estación del  Perdón, el descenso fue en picado y vertiginoso, tanto que con la velocidad que alcanzó el tren las faltas otrora convertidas fueron bajándose del tren una detrás de otra: primero mi egoísmo, por fin me lo quitaba de encima, en segundo lugar desfilaron mis ansias de grandeza y el querer llegar a ser ese cerezo en flor, el resultado fue que la conformidad, entró en el tren de pasajeros.

Luego comencé a perdonar a quienes habían hecho que mi tren descarrilara, a los otros trenes que ni siquiera me atendieron en mi caída, perdoné, porque así lo deseaba.

Cuando los riscos afilados y afilantes del perdón comenzaron a allanar y allanarme el camino, descubrí para mi sorpresa que muchos pasajeros odiosos habían descendido del tren, por lo que mi camino fue más liviano, menos pesado, más ligero.

La siguiente parada, el valle de la Soledad, quise, decidí pasar por él porque sencillamente no me quedaba otro remedio.

El desierto era amarillamente inmenso, pero era un desierto que para mi sorpresa guardaba flores, algunas demasiado bellas como para contemplarlas. Entre ellas estaba el preciado Edelweis, esa flor de la que mi abuela me hablaba, hacía mucho tiempo que no recordaba haber visto algo tan bello. Los girasoles se orientaban al sol, y la flor del Edelweis, en su blancor azulado, me daba paz tan sólo de mirarla. El truco era no arrancarla, jamás se me ocurriría, existían trenes que hasta la pisaban sin remedio, pero eso era demasiado, demasiado triste para ser real.

Pasé por la estación de la aceptación de una misma y de lo que sucediera alrededor, era una estación objetiva, no tenía obras de arte, como las otras en forma de pinturas, pero era en su parquedad o en su desapego de todo adorno, bella.

Cuando toqué el silbato anunciando la partida de mi tren que ya se conocía como el tren del Amor, o eso decían, me sentí liberada.

Me había liberado de mis faltas por el valle del perdón, por la soledad me encontré conmigo misma y aunque estaba llena de imperfecciones, sabía que estas me hacían única así que de alguna forma me gustaron hasta mis imperfecciones, que eran muchas pero que al dejar las faltas atrás podía mostrar sin arrepentimiento.

Dejadas atrás las estaciones del perdón y la soledad llegué a la estación de la Empatía. En su simpatía la Empatía era un valle verde que sonreía. Pero no hacia dentro, como me sucediera con el perdón, esta vez lo hacía hacia fuera.

Y descubrí el don de mi tren, mi don, la sonrisa más hechicera, más sincera y displicente que se le pudiera imaginar a cualquiera. Era una sonrisa amplia y de veras, de esas que  salen de un alma limpia que ha pasado por las estaciones del Perdón y la Soledad.

Gracias a esa sonrisa construí mi tren, el tren de la Sonrisa. Ahora, cuando encontré sonriente y algo ansiosa la estación del Amor, no era cómo lo imaginaba. No estaba plagado de corazones sonrientes y sinceros como el mío. Me di cuenta que el Amor estaba sucumbiendo. Las paredes de la estación estaban algo descascarilladas, y el techo se caía en pedazos. Decidí parar mi tren y dar un descanso a mis pasajeros.

Ante el disgusto primero de ver la estación casi derruida, me propuse remodelarla con mis propias manos. Los gatos estaban por casi todas partes, igual que los pajarillos voladores, inquietos y algún que otro perro que me visitaba, pero, para mi sorpresa, ningún perro se comía a ningún  gato ni ningún gato se aventuraba a lanzarse sobre ninguna avecilla.

Fui encontrando materiales en una cantera cercana y los arrastraba con una carretilla que parecía puesta a propósito para la labor.

Anuncié a mis pasajeros que pernoctaríamos en la estación del Amor. Poco a poco , trabajando toda la noche, logré hacer que la estación de tren, pareciera una estación. Dibujé con mis propias manos un mural dedicado al amor, de unas fotos antiguas que había visto en alguna foto sobre el nacimiento de Venus o algo parecido.

El resultado fue estupendo para lo no muy hábil que soy con los pinceles, pero lo dejé impecable, dejé la estación del Amor reconstruida.

La noche es verdad que fue agotadora pero en mi interior iba sintiendo una especie de mariposillas, renové mi ilusión en la estación del Amor. Se acabaron los corazones rotos, los desengaños y la desesperanza.

Mi corazón ya no era de hielo, igual que mi tren tampoco estaba helado, pues aproveché con la pintura sobrante de la reconstrucción de la estación, a dar una pasada de pintura carmesí a mis vagones.

El resultado fue llamativo y me quedé contenta  con mi obra , tanto con la renovación de la estación del Amor, el Nacimiento de Venus y con las pinceladas a mis vagones.

Una vez toqué el silbato, todos mis pasajeros me acompañaron, me di cuenta que hablaban entre sí, los sentimientos con las sensaciones, los pensamientos con los pálpitos y los resquemores ya se quedaron atrás entre la estación de la Soledad y el Perdón, saltaron por la ventana creí verlos.

Lo último que recuerdo de mi viaje en el que conducía mi vida, mi tren , mi propia vida, la carne de mi carne, llegué a la estación de la Paz y la Tranquilidad. Allí descansé , me quedé a vivir aparqué mi tren , mis ansias por florecer en un cerezo rosado y por fin , después de un largo viaje, descansé. Y ahora mismo tengo el tren aparcado en esa estación donde me dejaron un andén en la estación de la Paz y la Tranquilidad.

Y ahora estoy planeando mi futuro viaje, a la Senda de los Sueños. No sé qué camino tomar, como siempre, pero sé que el camino de los Sueños es mi meta. Esos sueños ilusionantes con que espero llegar a hacer casi volar mi tren. Volar por el aire o quizá evaporarse en un suspiro de satisfacción.

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